23-F: “¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!”

El grito del teniente coronel, Antonio Tejero, un 23 de febrero de 1981 anunciaba un golpe de estado en el Congreso de los Diputados. Falló en su intento pero su imagen en la tribuna del hemiciclo de la Cámara Baja, gritando y disparando, hizo temblar los cimientos de una frágil democracia que se estaba fraguando entre el ruido de sables de los nostálgicos del régimen franquista y las ansias de libertad de una sociedad que soñaba en configurarse como una democracia avanzada.

Tejero interrumpió la segunda votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno; los diputados que estaban en el hemiciclo pendientes de la votación se levantaron de sus escaños dirigiendo la mirada hacia la puerta por la que entró el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron tanto dentro como fuera del Congreso de los Diputados. En Valencia, Jaime Milans del Bosch, desplegó a sus tropas por las calles de la capital; los tanques recorrieron las principales vías de la ciudad al tiempo que la tensión política y social era brutal.

Pepa Martorell


Los parlamentarios estaban rodeados por un grupo de 288 efectivos de la guardia civil que además cerraron todas las salidas del Congreso de los Diputados. Nada presagiaba un final poético mientras se encontraban atrapados y sin ningún tipo de comunicación con el exterior; era, sin duda, el peor escenario de la recién estrenada democracia. No sabían que estaban a punto de vivir uno de lo momentos más tensos de aquella tarde. Tejero empezó a gritar, empuñando una pistola en una mano y alzando el brazo con la otra mano. Mientras, ante la atónita mirada de Adolfo Suárez, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado era empujado y zarandeado por unos guardias civiles a los que pedía explicaciones de aquel atropello. La inquietud, la desazón y la incertidumbre iban en aumento. No sabían que, en el exterior, estaban rodeados por vehículos y tropas de la Policía Militar que se habían desplazado hacia la Carrera de San Jerónimo.

Sin embargo, en mitad de todo aquel caos, una señal de radio grabó  lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados. Así, empezaba la noche de los transistores gracias a una línea de sonido que un técnico de la Cadena SER jamás cerró; tuvo el valor de evitar el control de los golpistas jugándose la vida por informar a un país, que estuvo a punto de perder la libertad, aquella nefasta tarde, en la que los violentos asaltaron el Congreso de los diputados.

Nadie estaba preparado para lo que iba a ocurrir, Rafael Luis Díaz, cronista parlamentario de la Cadena SER, lo explicó 30 años después en la radio . Era un día en el que “todo estaba escrito” y el guión marcaba que  Leopoldo Calvo-Sotelo fuera investido presidente del Gobierno. Esa tarde le tocó trabajar con el técnico de sonido, Mariano Revilla. Este último consiguió que la señal de radio no se perdiera.

En la página web de la Cadena SER los protagonistas explican que “aquello” – en alusión al golpe – “pintaba feo y como medida de precaución”, el técnico decidió trasladar todos los equipos a otra habitación para emular “una falsa cabina de emisión”. No obstante,  dejó abierta “una línea de sonido en conexión con los estudios de Gran Vía” en Madrid; así es como desde la redacción central de la SER en la capital se iba conociendo lo que estaba pasando.

“No intentes tocar la cámara que te mato. Desenchufa eso”

Si la radio fue fundamental, no lo fue menos aquel cámara de Televisión Española que registró la entrada desafiante de Tejero en el hemiciclo. Pedro Francisco Martín, reportero de RTVE, grabó durante cerca de media hora lo que ocurría en el Congreso de los Diputados. Su vídeo es la única referencia audiovisual del intento de golpe de estado.

Pedro Francisco recibió una amenaza brutal por parte de un guardia civil mientras estaba grabando estás imágenes que ya son historia: “No intentes tocar la cámara que te mato. Desenchufa eso». No le hizo caso; sencillamente, apagó el piloto rojo de la cámara que siguió grabando lo que estaba pasando allí.

Aquellas imágenes no se emitieron en directo pero se estaban recibiendo en las instalaciones de Televisión Española; allí el director de informativos, Iñaki Gabilondo, junto a otros dos redactores las grabaron en una cinta que acabo debajo del sillón del director general de RTVE, Fernando Castedo para que no llegarán a manos de los militares que habían asediado la televisión. Por este gesto, a título póstumo, le concedieron al cámara de televisión una mención especial de la Academia de Televisión en 2008.

La incertidumbre de aquella noche no solo se vivía en las instituciones; en los hogares la inquietud era tan intensa como en el hemiciclo; los ciudadanos comprometidos con la joven democracia de principios de los 80 vivieron con espanto aquella jornada en la que recibían información con cuentagotas y de la que no tenían ni idea de cómo iba a acabar. Los más mayores conservaban la calma ante el presagio de un desastre inminente que podría haber tenido unas proporciones desorbitadas. En realidad, nadie era capaz de medir el alcance de lo que estaba pasando; ni tan solo los golpistas que vivían sus momentos de incertidumbre ante la posibilidad de ver frustrado su atentado a la democracia.

Los periodistas aquella noche fueron protagonistas de excepción sin proponérselo porque gracias a su labor y a su compromiso la información siguió fluyendo en la medida de las posibilidades; las redacciones eran un hervidero de miedos, temores y compromiso con la sociedad. Estaban trabajando bajo presión por la presencia de los guardias civiles que custodiaban a la fuerza el derecho a la información que los españoles se habían ganado a pulso. No iba a ser fácil escapar de aquellos hombres armados, que intimidan con sus pistolas y sus porras, a los periodistas en las redacciones por las que hasta hacía unas horas la libertad ni tan siquiera se cuestionaba.

Con el corazón en un puño hasta primeras horas de la madrugada

El golpe se inició a las 18:25; desde ese momento, hasta las primeras horas de la madrugada, cuando apareció el rey Juan Carlos I en la televisión pública anunciando el restablecimiento del orden constitucional, el tiempo se detuvo y los españoles vivieron con el corazón en un puño y conteniendo el aliento. Pocos minutos después de la intervención del rey, ataviado con uniforme de Capitán General, la Armada se retiró del Congreso y de la carrera de San Jerónimo. 

Pero no fue hasta lasa 4,30 horas de esa madrugada cuando, finalmente, Milans del Bosch decidió ordenar la retirada de las tropas militares de las calles de Valencia. Al día siguiente, el 24 de febrero cerca del mediodía los miembros del Gobierno, los diputados y los periodistas, que estaban en el interior del Congreso,  pudieron salir a la calle después de dieciocho horas de angustia.

Era un símbolo inequívoco del triunfo de la democracia. El grito de Tejero pasará a la historia de un país que lo dio todo por  la convivencia, la tolerancia y la democracia, cuando no era nada fácil enfrentarse al eco de los sables de los militares. De cómo se fraguó el golpe, de los detalles de aquella noche intensa se habló mucho después y se seguirá hablando pero, afortunadamente, en libertad. VÍDEO

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